La muerte nos conduce... a la luz?
Puede que mucha gente se escandalice o se extrañe al escuchar lo que estoy a punto de decir. En numerosas ocasiones, cuando me he parado a reflexionar sobre el sentido de mi vida, he tratado de imaginar qué ocurriría si, de un soplo, mi vida se apagara. Imaginar mi cadáver, cuya vida había sido sesgada por una inusual causa (¿de qué otro modo se puede morir a mi edad?) podía ayudarme a ponerme en situación. Con los ojos cerrados era capaz de reconocer a todas las personas que me rodean y tratar de imaginar cuál sería su reacción al recibir la noticia. Unos llorarían desconsolados, otros lo lamentarían profundamente y otros, simplemente emitirían un "qué lastima de muchacho". Las personas que más momentos compartieron conmigo recordarían el pasado y se vendrían abajo. Puede que alguien apenas me añorase o mi muerte le provocara lástima... o compasión. No quiero la compasión, porque la vida no necesariamente ha de ser mucho mejor que la muerte. La muerte nos despega de las banalidades del vivir. En numerosas ocasiones me lo he planteado, y he aceptado vivir más por acompañar a los demás que por sentirme acompañado. Presuntuoso, ¿verdad?
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